CARNAVAL

Hay momentos en la historia de la humanidad en los que Dios, en su infinita sabiduría, parece habernos guiñado un ojo y dicho: «Está bien, hijos míos, diviértanse un poco antes de que llegue la factura».

El carnaval es precisamente eso: un paréntesis divino, una tregua negociada entre el cielo y la tierra donde los disfraces esconden pecados y las máscaras revelan verdades.

Lo que sigue es la historia de cómo la humanidad aprendió a bailar al borde del precipicio, a reírse de sus autoridades sin terminar en la cárcel, y a despedirse de la carne con el entusiasmo de quien sabe que volverá a encontrarse con ella, aunque tenga que esperar cuarenta días de penitencia con el estómago vacío y el alma arrepentida.

Es también la crónica de una fiesta donde el esclavo manda, el pobre se burla del rico, y todos terminan, o terminaban, con dolor de cabeza el Miércoles de Ceniza.

Los carnavales son esas fiestas populares que preceden a la Cuaresma cristiana con la solemnidad de un condenado a muerte pidiendo su último banquete. Disfraces, desfiles, música atronadora y una permisividad temporal que la gente aprovecha con un entusiasmo que a veces roza lo suicida. Su origen se remonta a antiguas celebraciones paganas que la Iglesia, en un alarde de pragmatismo eclesiástico que merece una medalla, decidió adaptar al calendario litúrgico. Si no puedes vencerlos, bautízalos. Y si insisten en adorar a dioses con cabeza de toro mientras beben hasta perder la noción del tiempo, al menos que lo hagan antes de la Cuaresma.

Las raíces de todo esto se hunden en la noche de los tiempos —hace más de cinco mil años, para ser precisos— en tierras sumerias y egipcias donde se expulsaban espíritus malignos y se honraba a dioses como Apis por asuntos de fertilidad. Uno supone que los espíritus malignos no se marchaban educadamente con un simple «por favor, retírense», así que había que ayudarlos con bastante ruido, algún que otro sacrificio, y probablemente más vino del que cualquier médico recomendaría.

En Grecia y Roma, las cosas se pusieron interesantes. Las Dionisias, las Bacanales, las Saturnales y las Lupercales eran ocasiones en las que el mundo se ponía patas arriba con la bendición temporal de los dioses. El esclavo podía darle órdenes al amo (¡imaginen la cara del patricio!), el pobre podía burlarse del rico sin que lo metieran en la cárcel, y todos podían beber más de lo humanamente prudente sin que nadie levantara una ceja reprobatoria. O al menos esa era la teoría. En la práctica, uno sospecha que al día siguiente había más de un ciudadano ilustre jurando no volver a probar el vino, promesa que duraba exactamente hasta la siguiente festividad.

Con el cristianismo en la Edad Media, estas tradiciones paganas fueron domesticadas —que es una forma elegante de decir «robadas con buenos modales»— e integradas como preparación festiva para la Cuaresma, esos cuarenta días de ayuno que hacen que uno valore extraordinariamente un pedazo de carne. Nació así el nombre «carnem levare» (quitar la carne) o «carne vale» (adiós a la carne). Visto en perspectiva, es una manera muy elegante de decir: «Coman ahora, porque después van a pasar hambre, y ni siquiera podrán culpar a nadie salvo a ustedes mismos».

Religiosamente hablando, el carnaval católico representa la dualidad entre la indulgencia profana —placeres mundanos, sátira social, ese impulso irresistible de ponerse un sombrero con plumas que en cualquier otro día del año lo haría ver ridículo— y la penitencia cuaresmal. Es la preparación espiritual para la Semana Santa mediante la reflexión sobre el pecado y la redención. Es decir: primero se peca con pleno conocimiento de causa, casi con premeditación, y luego se reflexiona sobre ello con igual conocimiento y quizás un poco de náusea. Todo muy ordenado, muy civilizado.

Moralmente, el carnaval funciona como una «válvula de escape» controlada. Durante unos días se permite la inversión temporal de las normas sociales, la burla a las autoridades —que lo soportan con una sonrisa entre dientes—, y el exorcismo simbólico del mal, fomentando así el sentido de comunidad y renovación antes de la austeridad. Que las autoridades toleren ser ridiculizadas durante unos días habla bien de su sensatez política, o quizás simplemente de su instinto de supervivencia. Después de todo, mejor que la gente se desahogue con una máscara y una canción satírica que con antorchas y horcas.

No es una fiesta litúrgica oficial de la Iglesia —la Iglesia es sabia y sabe cuándo no poner su firma en ciertas cosas—, pero fusiona magistralmente lo sagrado y lo profano en rituales como los entierros de figuras que representan todo aquello de lo que uno debería arrepentirse, pero que probablemente volverá a cometer al año siguiente con la misma alegría.

El carnaval de Río de Janeiro, en Brasil, ostenta el título del más grande del mundo según el Guinness, con sus sambódromos relucientes, sus escuelas de samba que ensayan todo el año como si les fuera la vida en ello, y millones de asistentes que demuestran que cuando se trata de celebrar, los brasileños no conocen la palabra «moderación». Uno los admira y los teme a partes iguales.

Otros carnavales dignos de mención incluyen el de Venecia, en Italia, donde las máscaras elegantes permiten pecar con distinción aristocrática; Santa Cruz de Tenerife, en España, segundo en popularidad mundial, con desfiles que parecen no terminar nunca; Barranquilla, en Colombia, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO con su famosa Batalla de Flores donde las flores son proyectiles de alegría; y Colonia, en Alemania, donde los renanos demuestran que también los pueblos del norte, tan serios y ordenados habitualmente, saben perder la compostura cuando el calendario lo permite.

En Colonia, el Lunes de Rosas pertenece exclusivamente a los bufones locales, que toman la ciudad con una autoridad que ningún burgomaestre se atrevería a desafiar. En Nueva Orleans, durante el Mardi Gras, se reparten collares de cuentas de colores a cambio de gestos que en cualquier otro contexto serían motivo de sonrojo y posiblemente de arresto. En Niza, Francia, desfilan carrozas de flores con una elegancia que solo los franceses pueden mantener incluso en medio del caos absoluto.

En Oruro, Bolivia, y en Puno, Perú, se baila la Diablada con una energía que haría desvanecer a un atleta olímpico y con una altitud que desafía tanto a los pulmones como al sentido común. En Cádiz, España, las chirigotas satíricas dicen en clave de humor lo que nadie se atrevería a decir en serio sin terminar demandado. Y en Notting Hill, Reino Unido, las calles se llenan de celebraciones multiculturales que demuestran que los ingleses también tienen sangre caliente en las venas, aunque les cueste horrores admitirlo públicamente.

Los juegos tradicionales de carnaval incluían batallas de agua, talco y aguas tintadas y perfumadas, a veces lanzadas dentro de cascarones de huevos, supuestamente simbolizando fertilidad y purificación. Aunque uno sospecha que el simbolismo importaba bastante menos que la oportunidad de empapar al vecino antipático sin consecuencias legales. Otros juegos incluyen el «Contra» o «Pies quietos», donde se lanzan balones contra paredes o se eliminan rivales con una crueldad deportiva admirable; saltos de comba grupales que requieren coordinación, resistencia y ausencia de vergüenza; y la quema o entierro ceremonial de muñecos como Ño Carnavalón o Pujllay, representando el fin de la fiesta y, con un poco de suerte, también de los pecados cometidos durante ella.

Las danzas y rituales del carnaval son innumerables. Destaca la samba en Río, ejecutada con una precisión de caderas que desafía las leyes de la física y provoca en el espectador un vértigo óptico similar al de seguir una pelota en un buen partido de tenis, solo que infinitamente más peligroso para la presión arterial; el frevo en Recife, donde los bailarines parecen estar poseídos por espíritus muy alegres; la cumbia y el mapalé en Barranquilla. En Perú y Bolivia se baila con disfraces y máscaras espectaculares que satirizan los rostros hispánicos, indígenas y negros de los personajes coloniales, en un ejercicio de memoria histórica que mezcla la burla con el homenaje, la venganza simbólica con el perdón festivo. Las danzas expresan alegría, fertilidad, sátira social y amor, fusionando lo indígena con lo africano y lo europeo en un mestizaje que es tanto cultural como coreográfico, como la Diablada de Oruro o los carnavales de Tlaxcala en México.

En el Perú, el carnaval tiene mil variantes regionales, cada una convencida de ser la mejor. Está el abanquino —considerado el más alegre del Perú, lo cual es decir bastante en un país donde la alegría se toma muy en serio—; el carnaval puneño con su altitud que desafía tanto a los pulmones como a la sobriedad; el ayacuchano con su mezcla de tradición ancestral y fervor religioso; y el cajamarquino donde el ritmo y el paisaje andino compiten en belleza. Cada región tiene su manera particular de despedirse de la carne y de la cordura, y todas ellas merecen respeto, aunque solo sea por el esfuerzo físico y el entusiasmo casi irracional que requieren.

Pero conviene recordar, en medio de tanta celebración y tanto ruido, que el carnaval fue concebido como un respiro antes del sacrificio, no como un fin en sí mismo.

Los excesos de alcohol, que transforman a personas sensatas en bufones involuntarios, y las tentaciones de la carne, que prometen paraísos que rara vez cumplen, tienen su lugar en la fiesta, ciertamente. Pero también tienen su límite natural.

El carnaval termina, quiérase o no, y después llega inexorable el Miércoles de Ceniza con su recuerdo incómodo de que somos polvo y al polvo volveremos. Mejor llegar a ese día con la cabeza despejada, el hígado relativamente funcional y la conciencia no demasiado agobiada por el peso de las tonterías cometidas.

Porque una cosa es celebrar la vida con toda la alegría que merece, y otra muy distinta es maltratarla hasta el punto de olvidar que solo tenemos una, y que esa única vida no viene con repuestos ni con garantía extendida. Y eso, queridos amigos, no lo arregla ni el mejor disfraz del mundo, ni la música más alegre, ni siquiera la máscara veneciana más cara. El polvo nos espera a todos con la paciencia infinita de quien sabe que, tarde o temprano, llegaremos a la cita. Mientras tanto, bailemos —pero con juicio, sin caer en excesos ni dejarnos llevar por el desenfreno.

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